"Dejar de fumar es fácil, yo lo he dejado cien veces.”
Mark Twain
El Futbol Club Barcelona impulsará próximanente una campaña bajo el lema “Un Camp Nou sense fum” con la intención de concienciar a los seguidores para que no fumen en el estadio. Qué diría Nicolau Casaus, presidente honorífico que murió prematuramente a los 94 años por culpa de sus inseparables puros. Si cruzamos el charco, descubriremos que acaba de entrar en vigor la prohibición de fumar en parques y playas de Nueva York. Todo llegará. Aquí comprobamos diariamente que los paquetes de tabaco cada vez son más explícitos en sus fórmulas para prevenir y desanimar a sus consumidores. Fotos de laringes cancerosas y pulmones enmohecidos que han desquiciado a los diseñadores más trendy de barcelona por el deficiente acabado que exhiben los photoshops. A todo esto la ley antitabaco campa a sus anchas con gran parte del beneplácito popular.
Un suicida es un homicida de sí mismo y puede ser juzgado por tentativa de homicidio, aunque sólo si falla. Pronto llegarán los primeros juicios a fumadores, entendidos como autoexterminadores largoplazistas. En una sociedad que vende coches que corren por encima de lo permitido, que presta más dinero del que se puede devolver, que produce más comida de la que se puede comer, que consume hasta los productos ya consumidos y que es capaz de vender hasta seguros de vida, se hace patente la nueva conspiración mundial: el antropoecologismo. No contenta con la implantación del ecologismo, el reciclaje y otras ínfulas hipócritas de dioses salvaplanetas, ahora se llega a incurrir en el terreno viscoso de lo personal. Mientras la industria farmacéutica coarta la propagación de remedios caseros y la transgenia nos permite comer alcachofas todos los días del año, los gobiernos adoptan la moralina propia de los farsantes. Alejado del terreno pantanoso de la legalización total de las drogas, permitiendo vincular el narcotráfico con el tráfico de armas, el poder necesita un enemigo global hacia el que desviar la atención. Entre la crispación social de la división creada, los fumadores acometen en contra de lo absurdo de la ley antitabaco, que sólo ha conseguido cerrar muchos bares y que se ligue más fuera que dentro de las discotecas. Mientras, los no fumadores se ven obsequiados con una causa de la que se sienten ganadores, incluso sin haber fumado nunca.
Entregados al inercial sometimiento, ambos grupos actúan como disuasores del verdadero conflicto. El reciente caso de los pepinos envenenados es un claro ejemplo: todas las hortalizas infectadas con la bacteria E.coli Enterohemorrágica han sido retiradas, el sector de agrícola español se resiente, el problema se corta de cuajo. Estamos hablando de una decena de víctimas. Más diligencia que contra el tabaco, por un numero mucho menor de damnificados. Entre pesticidas, radioactividad nuclear, contaminación ambiental, calentamiento global, el olvidado agujero en la capa de ozono, transgénicos y residuos tóxicos, entre todas estas brutales amenazas para el planeta y para el hombre, resulta que la siniestralidad autoinducida es alguna especie de síntoma degenerativo de grado superior. Todo lo demás es inevitable, al menos a corto plazo, pero tú puedes dejar de fumar hoy. Y, además, te corresponde a ti, y sólo a ti, estúpido fumador, nosotros (el estado) no dejaremos de recordártelo.
El estado es un fusil, el tabaco sus cartuchos, y el fumador la víctima. Si alguien te encañona con una nueve milímetros no es muy lúcido pensar que lo que te ha matado es la bala.
En el 2004 el ayuntamiento de Barcelona presumía de vanguardismo liberal, y repartía folletos reconociendo el derecho del ciudadano a ir desnudo por la vía pública. En mayo del 2011 entró en vigor la prohibición de ir desnudo y –ojo al dato- en bañador. Lo más curioso del caso es que la ley confía su propia aplicación “al sentido común” del cuerpo policial. Un paso para delante, dos para atrás, y un triple salto mortal hacia el vacío. Lo mismo ocurre con el tabaco, pero en un periodo más extenso: del monopolio del estado a su privatización en 1999, hasta su actual persecución asistida, pero nada insistida.
Tras 34 años de severa abstención, me he decidido a empezar a fumar. Dicen que la meta última de todo ser inteligente es la autodestrucción. En los procesos de autodegradación se encuentran algunas de las más vivificantes experiencias, sobretodo para aquellos que han forjado una sólida coraza espiritual, y anestesiado sistemáticamente durante años sus impulsos más bajos. El tabaco es un icono paternalista que representa este dogma. El derecho a la vida parece excluir el derecho a la muerte, pero la forma en la que uno elige vivir es en realidad la práctica gradual del método suicida que menos le horroriza.


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