“La forma está en forma, el fondo no tiene fondo.”
Alguien lo dirá, tarde o temprano.
En Barcelona somos así. El paraíso del civismo cool no escatima en ingenio para predicar sus causas: Mans Netes, Visc a Barcelona, Pantalons al Balcó, Caceroladas, Acampadas, retiradas masivas de 155 euros y muchas otras, incluida una versión local, premonitoria del movimiento 15M, surgida en el 2007 y conocida como el “Catalá emprenyat”.
Todo esto oculta una oscura revelación: Lo superficial trasciende profundamente. La mayoría de las veces el contenido vende menos que el continente, la publicidad hace buenos los productos y el mercado no es lugar idóneo para encontrar justicia. Podríamos decir que la belleza está en el interior, el interior de una modelo. Lo mismo ocurre con las causas populares, y el brote de indignación actual. La revolución es siempre ideológica, pero en este caso no estamos hablando de una nueva idea que rivalice con el Marxismo o Libre Mercado. La ciudad persigue sus causas para encontrar alguna causa que perseguir. La crítica ahora es futurista y, sin alternativas más allá de la simple queja, pretende prevenir el advenimiento de los Peores Tiempos, desde una era de supuesta decadencia general. Como en el Síndrome de la Edad de Oro, que se describe en “Midnight in Paris” de Woody Allen, y que consiste en un proverbial apego nostálgico hacia las Eras Pasadas, de teórica supremacía moral, artística o política, y que nos confina a la crónica insatisfacción producida por la contemporaneidad incondicional. En el siempre infravalorado presente, lo relevante es que se respira un aire de conspiración. Se pretende crear un clima que algún día pueda ser añorado. De momento se han dispuesto las borrascas y apartado los anticiclones. Si la ventisca se convertirá en un tornado que arrase con todo a finales del 2012 es algo que sólo sabían los meteorólogos Mayas.
Por otro lado, Joan Cassoles, director de Cacerolas S.A., se frota las manos cada día a las 21:00 cuando los ciudadanos se disponen a maltratar sus marmitas. Se ha calculado que su incremento de ventas, debido al deterioro que el acto de protesta ha provocado en los cacharros, le ha reportado ingresos (más intereses) hasta tres veces superiores al capital total retirado en la última acción que emplazaba a cada indignado a sacar 155 euros del banco.
Los pantalones en el balcón se pudren. El departamento de márketing de Desigual planea contratar al impulsor de la protesta.
Una de las acciones que se tomaron el pasado viernes en Plaza Catalunya fue sabotear una inmensa pancarta publicitaria de Nike que lucía unos pimientos azul y grana en relación a una campaña del Barça. No recuerdo qué decía la minipancarta que se deplegó. Eso sí, las dos marcas, Barça y Nike, no se me quitan de la cabeza.
Se han dispuesto unas hojas en muchas paradas de autobuses, provistas de rotuladores, invitando a los ciudadanos a contestar la siguiente pregunta: ¿Y a ti qué te indigna? La primera respuesta que leí fue “las caceroladas”. Pagaría lo que fuera por una recopilación sin censura de esas hojas.
Existe un peligro latente, y es que todo esto alcance el potencial sinérgico del libro de Tupak Soirée, en la novela “Happiness” de Will Ferguson. Esta obra visionaria planteaba un mundo en el que se escribía el libro de autoayuda perfecto. Servía para todo, la gente dejaba de fumar, follaba sin parar, adelgazaba y alcanzaba la excelencia espiritual. Obviamente era un mundo nefasto, en el que la felicidad acababa desbaratando cualquier atisbo de civilización. Ese es el peligro del movimiento promovido por “¡Indignaos!” De Stéphane Hessel. Pero exactamente a la inversa. La furia puede conseguir desmantelar los cimientos del sistema, aún sin desgranar las claves del nuevo modelo, y sembrar el caos. Por eso aquí lo importante no es el fondo (destruir el sistema corrupto), sinó la forma (maquillarlo de utopía convincente). En el top design de la revuelta, más aún que sus difusos objetivos, en esa arquitectura del sueño se encuentran todas las repuestas: No se pretende renovar del todo el esquema, sinó dotar al fondo de estilo. Quizás algún día se pueda vivir sin dinero, sin ejércitos, sin armas. Quizás algún día el hombre nazca y muera bueno. Pero mientras no sea así se reclama, al menos, cierta clase. Por eso no estamos ante una verdadera revolución. En las batallas los soldados no se indignan con sus enemigos, tratan de aniquilarlos.
Toda esta rebelde creatividad desprende, sin embargo, algo crucial: la ingenuidad no está del todo extinta, y se trata de una energía muy potente. La fuerza del ser humano -y el único antídoto a la indiferencia- es que aunque se convierta en adulto nunca deja de creer en los Reyes Magos.



